lunes, 29 de junio de 2015

Alta Fidelidad norteña

Una vez me enamoré, durísimo. Rob, el tipo de High Fidelity, me lo recuerda, siempre. 

La verdad es que nunca nos entendimos, él es un sureño con raíces familiares en Xochimilco. Estudió en la ENAP (más sureño que Ciudad Universitaria, beibi) y cuando le dije dónde vivía yo, no supo dónde señalar en el mapa del DF.


Nunca me lo dijo, pero sé que sintió terror (y fascinación) cuando escuchó la frase salir de mi boca: “mi familia es de Tamaulipas”. Cuando su primo osó contradecirme, le aclaró: “cuidado, es de Tamaulipas”.


Como buen niño de casa que se rebeló en la adolescencia, ir al sur era su sueño: vagabundear en Chiapas, desnudarse en las playas de Oaxaca y fotografiar las ruinas arqueológicas de la península yucateca. Y lo hizo, no conmigo obviamente, pues yo siempre hablaba de ir al desierto, visitar las ciudades de la frontera e ir cada vez más al norte del hemisferio.


Estábamos un poco obsesionados con los libros, la música y los libros de música. Hablábamos de eso el 90% del tiempo. De hecho, nuestra primera vez juntos fue minutos después de que le regalé la autobiografía de su banda favorita (The Clash) que le traje desde Inglaterra. Si sí lo quería…

 …bueno, él me regaló un cómic de Pulp, que aún conservo.


Éramos igual que Rob. Nos obsesionábamos al poner canciones en la rockola de aquel bar espantoso de la Glorieta de Insurgentes. Me acuerdo de su cara cuando escogí Fascination Street de The Cure: mi canción favorita de su otro grupo favorito. A ese tipo de detalles le dábamos importancia. 


Como toda relación norte-sur, al final no nos entendimos; traducción: él prefirió a una sureña. Mi condición norteña fue muy complicada para su templanza sureña. Teníamos el mismo par de tenis (los Samba de Adidas), pero él nunca los usaba y yo nunca me los quitaba. Hasta en eso éramos diferentes.

Todo eso (y más) me recuerda High Fidelity: él era Rob y yo Laura (como en la vida real). Aunque mi Rob de la vida real no escogió a la Laura norteña. Rob, el de la historia original, ahora me provoca que voltee los ojos. Es un clavado.

 El norte que nunca entedió. 

miércoles, 22 de abril de 2015

Sentir el agua

Una palabra define mis vacaciones de la infancia: playa. Mi papá era un enamorado de ella y nos contagió a mis hermanos, mamá y a mí de la misma fascinación por ese destino turístico.

Íbamos hasta dos veces al año a Acapulco. Muchas familias van a vacacionar a la playa, pero nosotros lo hacíamos diferente. A mi papá no le gustaba ir a la alberca, siempre nos decía: estamos en la playa para ¡nadar en el mar!

Con esa lógica crecí, todavía ahora en mi vida adulta, me resulta irónico que la gente vaya a un destino turístico con playa para pasársela en la alberca. En fin, mientras todos los niños del hotel chapoteaban en un pozo con agua, mi papá nos llevaba al mar.

Mis primeras lecciones acuáticas fueron en agua salada, con marea, olas, espuma y arena por todos lados. Aprendí que el mejor lugar para estar no es en la orilla, sino unos pasos más adentro, para que sólo tengas que alzar un poco la cara cuando pasa la ola y evitar el forcejeo con el mar. Aprendí que estar en constante movimiento, medio pataleando o aleteando, es bueno, pero ante la llegada de una ola, es mejor sumergirte y pasar por debajo de ella. En general, comprendí que es mejor seguir la corriente.

Bajo estas circunstancias marítimas aprendí a nadar, flotar y moverme en el agua. Nunca le tuve miedo, respeto sí: no es un temor que te paralice, sino una emoción pues comprendes la fuerza del mar y que tu cuerpo se puede mover junto con él. Por lo que nadar en una alberca me resultaba un poco aburrido, ¡pasaba nada! No había un movimiento natural al cual me tuviera que acomodar.

“Sé nadar, pero sólo lo he hecho de forma recreativa”, fue mi respuesta en mi primera sesión de natación hace unas semanas (ya saben, el cuerpo adulto me pide otra actividad para no oxidarme). Después de unos ejercicios en la alberca, mi maestra me dijo: “okei, ya vi que sí sabes nadar, ¿a qué edad aprendiste?”. Medio le platiqué mi tour por el mar y sólo me contestó: “tu papá seguramente fue un buen nadador”. 

Resulta que puedo nadar (casi) todos los estilos, hasta mariposa, yo juraba que sólo los olímpicos podían y, bueno, la más sorprendida soy yo. Pero luego pienso que más que enseñarnos a nadar, mi papá nos guió por el agua para sentirla, y ese encanto lo sigo sintiendo cuando nado… aunque sea en una alberca.

 Riviera Maya, el último mar que sentí.

sábado, 11 de abril de 2015

Tijuana vs Mérida

Casualmente, me tocó trabajar con personas de dos ciudades de los extremos del país: Tijuana y Mérida, norteños y (medio) sureños. En un periodo corto (de aproximadamente dos meses en cada ciudad), me di cuenta que tan diferente es crecer en la frontera norte y en una ciudad colonial cerca del caribe.

Por un lado, los habitantes de la frontera norte más mainstream (lo siento, lo digo en buena onda, para cosas más hardcore, hay otras líneas divisorias) fueron más pleiteros. Estoy acostumbrada a que la gente norteña me hable golpeado, siempre directos y al grano, con medio gritos y medio canto, que no sabes si están enojados o alegres de verte (ya me las sé), y los tijuanenses no fueron la excepción. Además, por lo que escribían (tenían que reseñar lugares), siempre me los imaginé que cada fin de semana morían en un bar y resucitaban comiendo mucho picante sobre alguna botana.

Mientras que los meridenses eran mucho más tranquilos. La mayoría de las veces escribían sobre lugares para tomar café y platicar con los amigos, también iban a bares pero sólo a tomar unas cervezas y ya, nunca escribieron sobre comerse la oscuridad en una noche. En el trato siempre, eso sí, fueron muy amables. A veces hasta me sentía culpable por corregirlos o llamarles la atención, mas bien me daban ganas de abrazarlos. Me deslumbró su interminable buen humor.

Por eso quería ser como los meridenses, siempre amables y sonrientes, aunque me identifiqué más con los tijuanenses, siempre a la defensiva. No creo que sea la diferencia de clima entre ambas ciudades, tal vez son los estímulos que reciben, mientras unos ven un cielo extremadamente azul y casas color pastel, los otros ven luces neón y murallas. 

No lo sé, pero me dio mucha curiosidad que por azar tuviera que trabajar con gente de dos ciudades de los extremos del país porque a veces a los defeños les (nos) gusta pensar que fuera del centro no hay nada, pero como buena norteña sé que la periferia es mejor

 Amablemente, el trabajo me patrocinó un 
viaje a la ciudad blanca.

jueves, 9 de octubre de 2014

Un estado editor en el DF

Gracias al reciente debate sobre el estado editor, a través de sus organismos del Fondo de Cultura Económica y Conaculta, estuve reflexionando un poco sobre mi relación con estas editoriales. Cuando adquiero sus libros, no pienso en el estado editor, al estilo de los libros de texto en la primaria.

Del Fondo compro, sobre todo, de filosofía. Los breviarios me gustan, más en la onda de comentaristas y contextos históricos. Hace poco compré Marx y su concepto del hombre, de Erich Fromm, que también incluye los Manuscritos económico-filosóficos. Buenísimo. 

 Breviarios, así sí estudio.
 
Además de traducciones y ediciones confiables de textos filosóficos, mi última perdición son la ediciones alemán-español de Kant. Aprendo sobre mi amigui Kanti y avanzo en mi manejo del idioma alemán.

  Leer a Kant en alemán porque YOLO.

Como si esto no fuera suficiente, ahora que soy estudiante de la Unam, me dan un descuentazo increíble en los libros de su editorial. Por cierto, ¿han visto los libros infantiles del Fondo? Hay muchísimos de Isol, a quien amo mucho con lo poco que queda de ingenuidad en mi corazón.

Mientras que de Conaculta, lo que más conozco es lo relacionado con Tierra Adentro. Mi fascinación por las revistas incluía su publicación, y me gustan sus libros de nuevos autores, unos más afortunados que otros. Así conocí a Carlos Velázquez y un librito maravilloso llamado Cuando todo el mar, de Gabriel León. Rescato que puedo leer a autores que posiblemente no podría hacerlo en otro lado.

La edición de Tierra Adentro de La Biblia Vaquera.

Así que, este estado editor no me parece una mala idea. Ayuda a mi muy particular caso escolar y nutre mis intereses peculiares. Pero, claro, esta perspectiva es de una defeña.

Mi mamá me platicó que en Tamaulipas, tenían que juntarse varios interesados para que un maestro viniera al DF a comprar libros para la escuela (a nivel primaria). Okei, eso fue hace años, pero las cosas no han cambiado mucho.

Mis primos hace poco terminaron la universidad (pública y privada) en el estado tamaulipeco y pasaron por lo mismo. Si uno de sus profesores venía al DF, se organizaban para que, a su regreso, llevara libros que necesitaban para sus estudios.
 
Aunque, claro, la no llegada de libros no es impedimento para la creación literaria y, en general, artística. El Norte, ese microcosmos, siempre presente, aunque lo quieran incomunicar.

martes, 23 de septiembre de 2014

Sin carne, por favor

¿Qué es lo que no te gusta comer? Carne, respondí al doctor, después de que vio mis estudios de sangre. Resulta que mis niveles de hemoglobina, eritrocitos y hematocrito están al límite de lo normal, a punto de pasar al nivel bajo. Así que, entre otras acciones, debo comer comida rica en hierro.

Sin ser vegetariana o regañar a los demás por lo que comen, nunca he hecho dietas o comido suplementos o licuados para crear músculo o esas cosas de la era posmoderna. Tampoco soy de esos fanáticos que sólo comen de su huerto y cosas orgánicas y biológicas y no sé cuál es el adjetivo de moda.

Tan sólo no como mucha carne. No es mi hit. Siempre que la como, tengo que reposar como vaca o puerco, dependiendo qué tipo de carne haya comido.

 Vaquitas pastando en Peak District.
 
Ahora, imaginen que digo esto cuando visito a mi familia en Tamaulipas y Texas. Obvio, todos me voltean a ver como LA especial, la city girl y la chica vegetariana que viene de la ciudad.

Además, allá no comen carne congelada y empaquetada del supermercado, que sólo sabes qué vas a comer por la etiqueta sobre el plástico que dice: puerco, res, pavo o pollo. No, no, no, allá casi hay una relación sentimental con el animal. Saben su valor, vivo o muerto. Lo respetan, y sí, lo comen mucho. La carne, y saber de carne, es elemental.

En Tamaulipas, parece que todos conocen las partes más ricas de la res. En Texas, la carne siempre era la estrella en las parrilladas que hacíamos. 

Un fin de semana en Mánchester, fuimos a Peak District. Cuando llegó la hora de comer, todos pidieron especialidades del country side, o sea, cordero, roast beef o pays de carne. Me vieron rarísimo cuando dije: lasaña, por favor. (La pedí porque era el platillo que menos carne contenía).

Así que en este punto carnívoro, no soy la mejor norteña. He defraudado un poco a mis parientes. Pero ahora que el doctor la recetó una vez a la semana, tengo oportunidad de demostrarles que yo también puedo comer carne, y cocinarla.

 Los borregos dicen: save the humans.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El día que conocí Tlatelolco

Por vivir al norte de la ciudad, toda la vida he pasado por Tlatelolco. En coche, camión o bicicleta (aquí puedes leer sobre esta experiencia en dos ruedas), atravesaba esta zona sin detenerme. No lo conocía. ¿Pueden creerlo?

Más allá de la zona arqueológica, la arquitectura o su historia violenta, mi curiosidad por Tlatelolco creció por unos arcos que veía a lo lejos y los grafitis que constantemente cambian en la zona. Dos de mis aficiones: arquitectura y arte urbano. 

Empecé mi recorrido con el arte urbano. Caminé sobre Reforma Norte para ver mejor los murales. Subí algunas fotos a mi cuenta de Instagram y varios amigos me inundaron de preguntas (que dónde andaba) y gente que no conozco, desde España y Estados Unidos, me informaron que los autores grafiteros son conocidos. 

Nombres como Hyuro, Hitnes, Ericail Cane, Smitheone, son quienes más obras tienen por la zona.


Éste es de Smitheone.


Al fin conocí los dichosos arcos. Es un área restaurada, y protegida supongo, por el INAH. Se trata del Tecpan. Es magnífico por su aparente simplicidad. Hay un policía echando ojo, pero es amable, más bien sacado de onda de que haya visitas. 

A un costado de la edificación, hay un mural de Siqueiros (sí, el mismísimo) llamado “Cuauhtémoc contra el mito”. Te apuntas en el libro de visitas y puedes ver con toda comodidad la obra, pues no hay mucha gente. También hay unas cabezas-esculturas a los costados de Luis Arenal

Lo que no me gustó fueron unas mantas horribles del INAH donde anuncian que trabajan. Por estos plásticos, el Tecpan no luce en su esplendor en las fotos.


Continué el recorrido por otra discreta construcción. Esta vez por el Jardín de Santiago. ¡Qué increíble parque! Tiene unos árboles gigantes. Ese día, unos grupos hacían algo similar a Tai Chi y otros Box, actividades opuestas conviviendo en armonía, vigilados por un vagabundo acostado plácidamente. 

Hasta su kiosco es diferente. En realidad no es un kiosco, se trata de un monóptero hermoso. Todo el parque (construido por Mario Pani) está inspirado en uno de Aguascalientes.


   ¡Hasta plátanos encontré!


Salí del parqué. Vi unos cuántos grafitis de inspiración zapatista y seguí caminando. Llegué a las fuentes. Como era temprano, me tocó ver cuando prendieron las bombas de agua. Poco a poco, subió el nivel del agua, como marea en la noche, y los perros que jugaban en las fuentes vacías se recorrieron a otro lado, con todo y dueños.




La Iglesia de Santiago, con tezontle y talavera, qué imponentes paredes, por dentro y por fuera. Tiene unos vitrales pequeños, con un azul cobalto, muy similares a los hechos por Mathias Goeritz en la Parroquia de San Lorenzo. 

Existen pocos adornos adentro de la iglesia. Hace poco leí que antes había un retablo plateresco, ahora sólo queda un panel, ubicado en el altar.


                        Pared muuuuy alta.                  Azuloso por dentro.
 
No podía dejar de pisar la plaza infame por la masacre del 2 de octubre. Ahora es sólo una plancha, con niños corriendo, en patinetas, echando burbujas, familias paseando, a pie o en bicicleta. Que difícil debió ser estar ahí, antes (y también después) en el edificio Chihuahua.

 Hay pequeños murales (de arte urbano) sobre el 2 de octubre.


Desde las ruinas, hay una bonita vista de otros edificios que forman el complejo habitacional hecho por Pani. Por si quieren tomar fotos a edificios, como yo. También el Centro Cultural Tlatelolco se ve muy bien desde ahí. Hay una placa que resume lo acontecido en la zona: el nacimiento doloroso de nuestra cultura. La mexicana.



Así fue el día que por fin conocí Tlatelolco.


lunes, 8 de septiembre de 2014

De lluvias y días nublados

Ahora que el DF sufre los estragos del cambio climático, tenemos lluvias marca monzón. Además de que la temporada de precipitaciones pluviales va de febrero a septiembre, y contando.
 
En estos días nublados, nunca falta el atinado comentario de: me encantan los días así, me inspiran, van mejor con mi personalidad y un etcétera de clichés.
 
Si acaso, lo que me gusta de estos días es el tipo de ropa que puedes usar. Gabardinas, hoodies y, mis favoritas, botas. Pero de ahí en fuera, me es difícil apreciar en su totalidad los días nublados desde que los conocí realmente en el norte del mundo.
 
Y, es que, ¿cuál es el lugar por excelencia de este tipo de clima? Ah, pues en ese país que pensaron, pasé dos meses bajo la lluvia en verano (después lo visité en invierno y también llueve).
 
Quisiera ver a esos aficionados de la lluvia bajo el clima británico, rodeados por agua, lluvias interminables y pensar: ¿dónde termina la neblina y empiezan las nubes?

Allá ellos, mientras quiero absorber la mayor cantidad de sol posible, antes de que me mude de latitud.

Salford, Manchester